Premiar e incentivar el respeto a las leyes y las normas

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Ella me lo contaba con cierto orgullo: “imagínate que hoy me detuvo un semáforo en rojo. Era muy temprano y podía cruzar porque había poco tráfico. Fue entonces cuando empecé a regañarme interiormente por mi aparente bobada de no cruzar en rojo como lo hace tanta gente. No quise ceder a la tentación y, estando en esas, el semáforo cambió a verde. No te imaginas la alegría que sentí al emprender el cruce legal de la calle y satisfacción por rebelarme contra la corriente. Una deliciosa recompensa a mi decisión de respetar las reglas. Solo tuve que esperar unos segundos y no caer en la vieja costumbre, que tenemos los colombianos, de violar las normas por gusto o por simple impaciencia en este caso.”

No es la única amiga a la que le pasa. Desde hace un buen rato somos varios los que andamos en eso. Cuestionar lo que hacemos. Rebelarnos contra la costumbre de saltarnos las normas y las leyes, sin siquiera pensarlo. Solo porque se trata de algo que se respira en el ambiente.

Sin embargo, algunos políticos y gobernantes, que deberían ser los llamados a dar ejemplo, no lo hacen. En parte por eso, los colombianos tendemos a aceptar todo tipo infracciones a la ley como si se tratase de un comportamiento válido o legítimo por lo extendido. Es más, cualquiera que no sigue ésa corriente es calificado de tonto o de lunático.

No niego que se trata de una forma de excentricidad. ¿Y quién quiere ser excéntrico? Dígamelo a mí que tuve un incidente muy molesto con un conocido hace como 6 meses. Me mostraba con gran orgullo el celular que acababa de “ganarse”, no precisamente en una lotería. Al ver que lo había descuidado en una silla, decidió sustraerlo sin que la dueña lo advirtiera. Cuestioné la alegría que sentía, cosa que no le agradó mucho. Le argumenté que en ésa situación nadie había ganado nada. Ni la señora, ni él mismo por haber cedido a la tentación de cometer un hurto. Me replicó con el consabido: “dio papaya por andar distraída, yo no tengo la culpa”. Su tono era agresivo, casi amenazante, pero yo me mantuve en lo dicho. Me acusó de ser un “sapo muy raro”.

¿Cómo vamos a salir los colombianos de esa especie de pantano moral que nos circunda? Tal vez de dos maneras muy definidas. Ambas tienen relación con la educación, entendida no como un proceso de adoctrinamiento sino como aprendizaje. Como un despertar hacia nuevos entendimientos de la realidad social en que vivimos. Los buenos maestros no transmiten información, más bien hacen preguntas y así nos estimulan a encontrar explicaciones y respuestas adecuadas a las inquietudes que el sujeto de aprendizaje formula. Y es por ahí por donde la sociedad, los educadores y los políticos no corruptos  debían moverse. A estimular la reflexión sobre la legalidad como un patrimonio común y valioso que influye poderosamente en el bienestar de la sociedad, en este cosa aplicad a la movilidad y las normas de tránsito.

Una es entonces la educación externa. La otra es la auto-educación que sucede en el fuero interno de cada uno de nosotros. En Medellín necesitamos de campañas públicas que nos inciten a conocer mejor las leyes y sobre todo la razón por las cuales ellas han sido consensuadas y promulgadas, tal como lo propuso con mucha claridad y sabiduría Antanas Mockus en las pasadas elecciones.

Para poner un ejemplo: la ley que prohíbe manejar a altas velocidades en zonas escolares, parecería no necesitar explicación por su obviedad. Sin embargo mientras en otros países se la respeta; porque la gente comprende que no hay nada más frágil y volátil que los niños; en nuestro país hay quienes se pasan dicha norma “por la faja”; sin sentir ningún remordimiento.

Eso sucede en parte por la impunidad reinante, pero también por la ausencia de control social. Nadie se toma el trabajo de indicarles, a los conductores acelerados, que deben respetar la zona escolar. Otras leyes como la que prohíbe mezclar alcohol y conducción de vehículos, siguen siendo violadas de manera absurda y continua, a pesar de la obviedad de su propósito: proteger la vida de todos y cada uno de los ciudadanos.

La tarea es inmensa pero hay que impulsarla. Cada vez encuentro que hay más colombianos sensibles al llamado a respetar las normas y las leyes todas. No solo las que les gustan o convienen. Las campañas que ha realizado la alcaldía en Medellín contribuyen a que cada vez más los ciudadanos respetemos los semáforos, los pasos de cebra y la vida de peatones, motos y ciclistas. Pero algo debe hacerse con el control social.

Me gustaría saber que las autoridades retornen y se apoyen en exitosas experiencias del pasado. Tal como lo documenta el film danés “Bogotá Change”, Mockus logró excelentes resultados en la movilidad y el respeto por las normas durante sus 2 administraciones. Y lo hizo por medio de un sistema ingenioso que consistía en esgrimirse mutuamente tarjetas blancas y rojas, entre conductores, en lugar de los consabidos pitazos, insultos y agresiones.

Recuerdo que en ésa época de Mockus estuve una vez en Bogotá, en casa de mi tío (que antes era un chofer bárbaro, agresivo y egoísta) quien había empezado a utilizar dichas tarjetas. Yo no lograba entender su maravillosa transformación, pero él mismo se encargó de aclararme las cosas: “Yo gozo esto como un juego, me dijo, no me hace sentir mejor que nadie, pero me rebaja el estrés y me alegra saber que estoy colaborando con el alcalde a que muchos otros empiecen a pensar y a conducir con mayor sentido de respeto por sí mismos.”

¿Por qué no intentar algo semejante en Medellín del año 2011?

Comments

  1. Calígula

    octubre 29, 2010

    A propósito del tema, en días pasados ví un programa de televisión en donde un actor fingiendo estar absolutamente ebrio pedía una copa más al barman mientras dejaba saber que pretendía conducir un carro. En ninguno de los negocios visitados, afamados bares o discotecas de Bogotá, hubo nadie que le impidiera o al menos recomendara no hacerlo. Ningún barman, administrador o propietario se negó a venderle el licor. Y lo peor es que todos ellos, luego de entrevistarlos adujeron que eso no era su problema, que el tipo era mayor de edad y responsable de lo que hiciera.
    Y es que nos hace falta mucha conciencia social. Entender que el respeto de las normas no se hace por la posibilidad de ser sancionado, sino porque ellas tienen un sentido claro y definido de proteger la vida y el bienestar común.
    Pienso que sería un buena forma de empezar, hacer una campaña masiva para educar a los dueños de bares, discotecas y centros de entretenimiento, para que al menos se abstengan de vender licor a comprobados conductores. No mediante sanciones a quienes lo incumplan, sino concientizándolos del enorme riesgo para el resto de la sociedad, incuídos ellos y sus familias.

  2. henryelsucio

    noviembre 2, 2010

    Vivimos en la ley del que es mas vivo lleva la ventaja. Es un mal general que debe ser acabado y es donde la educación entra a jugar un papel relevante.

    A la gente no le gusta que le estén prohibiendo nada, sin embargo si se educa de manera lúdica como lo hizo Mockus en sus administraciones como alcalde, de seguro que se llega a lograr cambios considerables.

    Un ejemplo de enseñanza sin enunciamientos que nos digan que debemos hacer, es el proyecto de Fun Theory que de manera lúdica le deja enseñanza de cultura ciudadana a los habitantes de las ciudades europeas http://www.youtube.com/watch?v=2lXh2n0aPyw

  3. diegomez

    noviembre 3, 2010

    Y que tal si en la loma hacemos un proyecto que involucre fun theory o algo al estilo mockus? Que se les ocurre? Qué problema nos gustaría abordar? El de la velocidad de las busetas? Como podriamos convencer a los conductores de andar más despacio por ciertas zonas de la loma? Y como hacer para que ellos y los habitantes lo vean como un juego?

  4. lully

    noviembre 3, 2010

    Me gustó que hicieras mención de la experiencia vivida a través de tu tío, para reflexionar sobre el papel fundamental que juega la educación en esto. Una experiencia que los mismos ciudadanos de Bogotá, y quienes solemos pasearnos por allá, pudimos evidenciar como positiva.

    Hugs!

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